ARGENTINA/CHILE
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“…en verdad yo no comprendo No es meramente aquello del dulce de leche y del manjar –el primero es más espeso y consistente, el segundo, que los chilenos dicen es igual, es apenas una saliva débil con pretensiones de dulzura–, lo que nos separa cordilleranamente de nuestros compañeros trasandinos; sino un trillón de idioteces afines. Lo cierto es que leer la literatura argentina desde Chile, como leer la literatura chilena desde Argentina, deja sin efecto aquella risible testarudez divisoria. ¿Qué hace que a nosotros nos deleiten hasta el delirio sus poetas, y a ellos se les caiga la baba como perro de Pavlov por nuestros narradores? ¿Qué nos mimetiza, qué nos espeja, qué nos contrasta? ¿Cómo establecer paralelos sin dejar elementos afuera, sin apenas ejercitar una fotografía torpe, sesgada? Pretendo limitar entonces el asunto, y definirme apenas lectora y ocasional viajante, confiando en que sabrán contemplar aquello de que quien avisa, no traiciona. Cuento con un par de buenos amigos del otro lado del mapa, que sabrán explicar mucho mejor que yo algunos puntos.
La piedad estatal En términos limpios y romos; Argentina tiene universidad pública y gratuita, y en Chile, ni siquiera la universidad pública es gratuita. El estado Chileno pretende diluir aquello –me refiero al tratamiento específico de lo literario, no sé en otras áreas-, con una serie de subsidios y fondos de dimensiones tales que cualquier argentino agradecería recibir apenas en un diez por ciento. Parecería que ambos estados se turnan, en momentos distintos, para ejercitar su gimnasia de buen samaritano; no es demasiado complicado llegar a la solución siguiente: es preferible un sistema universitario como el que propone Argentina (si, aunque se nos caiga el techo encima), a uno de parches post-parto, que de seguro llega a quienes de un modo u otro, han logrado transitar el camino universitario con no poco esfuerzo, por lo que la llegada de aquellos “incentivos” ya tiene un público postulante reducido. Guido Arroyo González nos cuenta “Chile es el segundo país que menos invierte en educación secundaria. Para acceder a un título profesional hay que desembolsar -como mínimo- 5.000 US a lo largo de 4 o 6 años” Atribuye esta situación a “las políticas públicas. Es un error creer que la gente 'no quiere leer', la UP logró con la editorial Quimantú hacer circular 500.000 ejemplares de obras de Melville o Conrad a menos de un dólar y la gente leía. El Estado actual no cree eso, ni siquiera plantean el capital cultural como oferta para el turismo” En igual sentido, Jorge Polanco Salinas completa el cuadro diciendo que
Polanco, poeta y profesor universitario, continúa:
Enrique Winter, poeta y abogado, contempla:
Arroyo, joven poeta, editor de la Grifo y director de Alquimia Ediciones, anota “En Argentina no existe un impuesto para los bienes culturales. En Chile sí, eso ya es mucha diferencia”. Si bien es cierto que los libros, como los CD ’s, están exentos de impuestos –del IVA que acumularía un 21% del precio de los productos-, también es notable que los valores reales de los productos en Argentina, acorde a la estampida inflacionaria que nuestro país viene sufriendo, pareciera dejar a la cultura, cada vez más, como un bien de lujo. Si, claro, es cierto que podemos conseguir el Adán Buenosayres en calle Corrientes por $10 (¡gloria!); pero hay un gran catálogo de editoriales monstruosas cuyos títulos no descienden de los $40, y eso, hoy, en Argentina, es un libro caro para una sociedad con un sueldo mínimo promedio de alrededor de $1200. En cuanto a los subsidios y fondos, Felipe Moncada Mijic –Director de la Revista La Piedra de la Locura– resuelve la cosa explicando que aquello se trata de “el fondeadero de los adictos al libro: tú mandas un proyecto en dos categorías: amateur y grosso, si ganas te dan guita según la categoría, si no ganas despotricas contra el jurado. Es mucho dinero, el sueldo de muchos obreros juntos, puestos en fila, esperando el fin de semana”. Winter continúa
Tiraje y difusión En ocasión de presentar La Quetrófila, junto a mis compañeras Mariana Lutzky y Ximena Venturini, en la Universidad del Desarrollo, una de las preguntas que nos hicieron se dedicó a investigar la cantidad de ejemplares que sacábamos por número. Cuando explicamos que en el primero habían sido doscientas, y que aquello era ridículo en nuestro país, donde cualquier revista tira, por lo menos mil ejemplares, no podían creerlo. Enrique Winter, editor de Ediciones del Temple, cuenta “El mayor tiraje de un libro de una editorial independiente en Chile son los 500 ejemplares que sacamos en Ediciones del Temple. El promedio de ningún modo supera los 300 ejemplares. Las revistas sacan más, pero duran menos números.” David Bustos, que trabaja con Winter en la misma editorial, redondea en 500 ejemplares. –Estaríamos promediando, por lo menos en revistas, la mitad que en Argentina-. Felipe Moncada: “En libros concuerdo con los señores contestadores de antes. 500 Ejemplares asegura muchos años de libros bajo la cama (o bajo la cama de los editores) 300, muchos meses, a mi gusto con 50 basta y sobra, no hay más lectores. En revistas: un millón si te regalan la plata (yo hacía 1.500), si no, con 500 te puedes defender.” Y Arroyo, acorde a lo dicho, declara “De una revista entre 100 y 700 números (sólo un periódico literario llega a los 1.000), las editoriales independientes no superan los 500”. Polanco explica:
Arroyo apoya diciendo que el grado de difusión de la literatura es escasísimo, y Winter aporta una opinión no poco interesante; “en esa desligazón radica gran parte de su poderío”. David Bustos termina diciendo “La difusión es relativa, porque la literatura no depende de esa frase, ya que el tiempo nos ha demostrado que aunque haya grandes estructuras de difusión y propaganda, la literatura, la verdadera, se impone casi involuntariamente en el lector comprometido en esa sensación- contacto- lectura.”
Academia o no academia –to be or not to be- Otra de las preguntas con las que debíamos enfrentarnos era aquella que indagaba acerca del límite entre academia y under, pregunta que humildemente creo, en nuestro país se traduce a “under y establishment” –porque si, si, somos cool, siempre fuimos snobs, europeítos-. Nuestro under no es tal, entonces; hay ciclos de lectura organizados por profesores de letras de Puán, o académicos que publican en revistas independientes, o que participan como lectores en ciclos de narrativa/poesía oral –por dar un ejemplo, Susana Cella en La Manzana en el Gusano-. Sí, claro, hay un círculo limpiamente delimitado de autores consagrados y “presentes” –presentes, sobre todo presentes: ¡están en todos lados!-, de críticos y promotores culturales que pueden bien corresponder a aquello del establishment, pero no exactamente conforman la academia –de hecho, Fogwill, habla de la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires, como el “Cotolengo de Puán”-. Enrique Winter, acerca de esta división en Chile, explica “La academia, dirigida desde los estudios culturales gringos, busca vindificar un under que no piense, que sólo viva. Nadie quiere pasar por académico y todos lo son. Se confunde escritura marginal con haber residido en la remota infancia en alguna población. La poesía entera es marginal, no tiene ningún mérito el asignárselo.” Bustos declara: “Lo peligroso del “tajo” (entre academia y under) es que algunos venden gato por liebre, para ser under y a la vez académicos.” Polanco Salinas completa “Creo que la división entre academia y under se sustenta hoy en un prejuicio al intelectual. En una postura muy posmoderna y acomodaticia, se dice que ésta o cual persona es intelectual, como queriendo recaer en una idea de 'autenticidad' o 'sensibilidad primaria, porque en realidad todo poeta es intelectual desde el momento en que lee, y es también autodidacta en la medida en que hoy no existen parangones claros de lo poético. Sumo esta observación a lo dicho por Winter respecto de la marginalidad, que me parece acertada. Hoy la literatura misma es marginal.” Moncada termina diciendo que la diferencia está en que “si eres under puedes fumar pito en las presentaciones, si eres de la academia te los fumas en la fiesta posterior”. La literatura “Está afuera, como sucede en casi todo el mundo. Tan viva como siempre sí, reflexiva, refrescante” ,dice Winter.
Chile: tierra de poetas Impresiona sobre todas las cosas, de la literatura chilena, el hecho de que la mayoría de los escribientes sean poetas, y la escasez correspondiente de narradores. Claro que con maestros como los que han tenido, la herencia podría ser una buena explicación (desde la obviedad de hablar de Pablo Neruda, pasando por los gloriosos Nicanor Parra, Pezoa Véliz, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn, Jorge Teillier, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Humberto Díaz-Casanueva, entre tantísimos otros que debo olvidar o desconocer). La comparación, pueril, siempre pueril como toda comparación, nos hace sacar a relucir nuestros grandes narradores; Arlt, Mujica Láinez, Marechal, Borges, Cortázar, Bioy Casares, Puig, Macedonio Fernández, y etcéteras elevados al cuadrado. ¡Cuidado! Esto no quiere decir que ellos no tengan grandes narradores, ni que nosotros no tengamos geniales poetas. Se trata de una cuestión cuantitativa que, se sabe, poco o nada tiene que ver con lo cualitativo. David Bustos encuentra la clave en lo siguiente “Mi teoría es totalmente barriobajera: el sentido de narración del argentino es más completa y entretenida, no muestran problemas de expresión en su habla. En cambio los chilenos tenemos problemas al hablar, yo mismo me hago un nudo para contestar esto. No desembuchamos, sino que tartamudeamos con el lenguaje. De ahí sale la poesía, de ese forcejeo.” Felipe Moncada prosigue; “Creo que es una cosa de inercia: si escribes prosa no tienes a quien mostrársela, a un par de viejas talleristas del barrio alto (aquí se sale el resentido), pero la poesía, ¡ahh, volar, nuestros héroes adolescentes son poetas pequeños provincianos capaz de dar la vuelta al mundo! Por eso, por vanidad maradónica de hacer la jugada más bella en el menor tiempo posible.” Winter, por otro lado, dice “Somos un país joven, y como futbolista joven aún metemos goles, instantáneas de talento. Es natural que al envejecer, un goleador baje al mediocampo, pues ya sabe tener más tiempo la pelota, manejar los partidos: contar una historia, como quien baja de la poesía a la narrativa. Pero cuidado, no conozco jóvenes que empiecen de mediocampistas y envejezcan de delanteros.” A lo que Jorge Polanco Salinas contesta “No estoy de acuerdo con lo dicho por Enrique, puesto que los dos países somos jóvenes. De hecho, Patricio Marchant emprende un extenso análisis de la necesidad de poesía en Chile, y lo sitúa al nivel de inconsciente profundo, considerando como eje la poesía de Gabriela Mistral. Por eso es sumamente difícil comprender bien este fenómeno. Incluso Armando Uribe Arce sostiene que los grandes historiadores del siglo XIX en Chile fueron esencialmente poetas. Habría allí un rumor en el que ya estaría presente aquella vocación. En términos de origen es difícil de explicar, lo que sí se puede observar es que con el tiempo se han configurado diferentes tradiciones poéticas que interactúan y provocan que los poetas jóvenes se vean exigidos frente a referentes del pasado. Hay que pensar que existe una cantidad enorme de poetas excelentes que actúan como referentes inexcusables al momento de comenzar a escribir. Y eso va conformando la idea de tradición.” Terminar, apenas, este asomo, con la ayuda de mis vates chilenos, gloriosos los cinco en sus trabajos; Felipe Moncada Mijic, Jorge Polanco Salinas, David Bustos, Enrique Winter y Guido Arroyo González. Grandes poetas, grandes amigos, y opinólogos de lujo para este caso. Conclusión –propuesta- aparente a la que arribo; a leer autores chilenos, a que los chilenos lean autores argentinos. A viajar, a fundirnos, a mezclarnos, con urgencia. A contactarnos, amigarnos de una vez, a fra… ternizar -como Polilla con el Peón, de Gombrowicz-. A aprovecharnos, manosearnos, que ambas literaturas se decidan a una conjunción todopoderosa y acabemos todos eyaculando una literatura binacional. Ay, si. Soy tan ingenua…una inocentona efervescente. Elegí esta reflexión preciosísima de David Bustos para terminar:
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Algunas recomendaciones online: Revista Grifo http://www.revistagrifo.cl/ |