Lecturas de frontera
Narraciones del peronismo en el siglo XXI
por Diego Vecino

El Loco Dorrego, Hernán Brienza cuenta: “Este libro nació hace poco más de dos años cuando en un programa de radio un conductor, hablando sobre mi libro Maldito tú eres, me preguntó sobre el momento en que comenzó la violencia política en la Argentina. El periodista sostenía, no sin cierta malicia, que todo se había iniciado con el secuestro y posterior asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu. Obviamente, respondí que el crimen de Aramburu estaba enmarcado en lo que era una dictadura y propuse cambiar la fecha de comienzo de las agresiones a junio de 1955 y julio de 1956, años respectivos del bombardeo a la Plaza de Mayo, que dejó centenares de víctimas y el fusilamiento de Juan José Valle y otras 27 personas, entre civiles y militares. De inmediato, comenzó un juego del Gran Bonete”. (p. 338-339)

La anécdota funda una problemática de rigurosa actualidad: la fundación de la violencia política en la Argentina. Brienza cree encontrarla, y tiene algunos argumentos convincentes para ello, en el 13 de diciembre de 1828, día en que el General Lavalle fusiló al Gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego, en algo así como el primer golpe de Estado contra un poder legítimamente constituido. Es un hecho de mucho significado, a menudo interpretado retrospectivamente como la gran tragedia fundacional de la Argentina. Sin lugar a dudas, el crimen de Dorrego fuga a la vez que condensa las tendencias ideológicas y políticas de mayor proyección en la historia argentina: la que cristalizan los partidos llamados Unitario y Federal.

En un libro que ya se ha convertido en clásico, The invention of Argentina (1991), Nicolás Shumway ofrece una hipótesis: que la violencia política se funda en la Argentina con la fundación misma de la Argentina, en 1810; y que fundamentalmente se expresa en lo que él llama “ficciones orientadoras”, como la conceptualización de dos identidades políticas opuestas y excluyentes, aunque complejas, que fueron transportadas del siglo XIX al siglo XX, como un horizonte de sentidos constitutivos de la sensibilidad nacional: “Este legado ideológico es en algún sentido una mitología de la exclusión antes que una idea nacional unificadora, una receta para la división antes que un pluralismo de consenso” (p. 14). Este análisis es similar al que observa Juan Pablo Feinmann en La sangre derramada (1988), por ejemplo.

Siguiendo estos textos, María José Punte afirma en su libro Estrategias de supervivencia (2008): “Moreno representa la línea liberal que se terminó identificando con los intereses de la ciudad portuaria, Buenos Aires. Que se alimentó de las ideas iluministas traídas de Europa. Y que tendió a considerar a la democracia como obra de un grupo de hombres escogidos y preparados, cuya tarea sería l de guiar a las masas en vistas a construir la nación. En otra dirección no opuesta, pero sí distinta, se encuentra la postura de Saavedra, menos articulada, menos intelectual, más pragmática. Esta otra línea se resume en los ideales federalistas, que ven la nación como conjunto de intereses de las provincias, entidades autónomas. Que aspira a un tipo de democracia inclusiva, de cara al pueblo, en donde se le permita a éste el acceso justo a la educación y a las fuentes de la riqueza. La lucha entre estas dos líneas generó décadas de enfrentamientos y de violencia” (p. 12). Shumway comprueba que los intelectuales del siglo XIX crearon una peculiar mentalidad divisoria en la que se enmarcó la primera idea de país: una “mitología de la exclusión”.

En efecto, el libro de Shumway, que nutre en la actualidad los análisis más lúcidos acerca de la historia “cultural” de la Argentina y de sus mitologías, afirma que la historia nacional puede comenzar a ser explicada, fundamentalmente, por las tendencias ideológicas y las identidades políticas que fundan el unitarismo y el federalismo a través de sus intelectuales y figuras políticas más prominentes, aunque no puede ser reducida a ellas. La persistencia de estas líneas culturales tiende a ser tan fuerte que, por ejemplo, Shumway no puede evitar identificar El Argos, el periódico de la rivadaviana y elitista Sociedad Literaria de Buenos Aires, en una afirmación de John King, destinada a otra revista que aparecería ciento diez años después; la revista Sur que “vio que su papel era civilizar a una minoría en el ‘caos de la pampa’ literario e ideológico” (King, Sur, p. 56).

Tras el asesinato de Dorrego, Shumway observa la legitimación de la ilegalidad y la violencia, y sobretodo la consolidación de “la idea de que el progreso y el gobierno ilustrado saldrían de la eliminación física de determinadas personas” que “ha sobrevolado la historia argentina desde Mariano Moreno hasta el presente” (p. 135). Esta idea aparecerá complementada por una sensibilidad liberal que llegó a su momento de mayor desarrollo y proyección con la Generación del ’37. Conectando El Matadero con La Fiesta del Monstruo, Shumway otorga una definición contundente: “Pocos documentos en la historia argentina reflejan mejor la extraña mezcla de miedo y hostilidad que los argentinos de la clase alta han sentido hacia sus conciudadanos humildes” (p. 161, el subrayado es nuestro).

Esta “mezcla de miedo y hostilidad” llevó al liberalismo argentino al dilema nodal de “cómo apoyar en teoría la democracia desacreditando al mismo tiempo el apoyo mayoritario y popular a Rosas o Perón. Su solución es retratar a las clases bajas argentinas de la manera más brutal, denigrante y en última instancia despreciativa posible”. Esta es la paradoja del liberalismo argentino, en todas las épocas, en la derecha y en la izquierda: “mientras teóricamente es pro democrático, es profundamente antipopular y de ningún modo igualitario” (p. 162-163). Este dilema cristalizaría con notable sutileza en la relación ambigua de odio y fascinación que Sarmiento mantuvo con el caudillismo y que llevó al Alberdi federalista y urquizista a llamarlo “caudillo de la pluma”. Esta fascinación folklórica combinada con el temor hostil se expresa en la estilización caricaturesca de las clases populares que alimenta algunas de las principales ficciones de nuestros años y tanto garantiza el relativo éxito de algunos textos en las librerías como los argumentos de mayor circulación entre las clases medias y altas porteñas para impugnar las grandes movilizaciones del aparato justicialista en el último conflicto contra el campo.

Por lo pronto, las oposiciones binarias e irreductibles dualidades con que se construyó la idea de Argentina son determinantes para su historia. Brienza afirma que “la historia argentina está trazada –obviamente, se trata de operaciones ideológicas posteriores- por encadenamientos político-culturales que, como con perfidia la definieron Agüero y  luego Sarmiento, se puede dividir en ‘civilización y barbarie’, en ‘ilustración y salvajismo’ o en términos menos pasionales y menos manipuladores en una línea liberal –la denominada por Arturo Jauretche Mayo-Caseros- y la línea nacional y popular” (p. 341). España contra Europa, campo contra ciudad, absolutismo español contra razón europea, razas oscuras contra razas blancas, catolicismo de la Contrarreforma contra cristianismo ilustrado, hombre del interior contra hombre del litoral, educación escolástica contra educación técnica podrían ser los otros nombres de esta divisoria.

 

El campo de batalla

El conflicto con el campo fue el momento en que culminó la actualización de la discursividad política que el nuevo modelo de acumulación político-económico propuso a partir de la llegada de Néstor Kirchner al gobierno, en 2003. En buena medida, el gran proyecto enunciativo del kirchnerismo se nutrió de estas representaciones e identidades políticas históricas de la Argentina, adaptándolas ambiciosamente a los aires estatistas y la proyección progresista que encaró a Latinoamérica tras las crisis del neoliberalismo.

No sin complejidades y con tensiones, ambos sectores recrearon estas tradiciones, reclamándolas como fuente de inspiración y herencia, referenciándose en ellas, a veces intencionadamente y a veces con ingenuidad, con el explícito objetivo de presentarse herederos de la porción correcta de la historia argentina. Decir que el unitarismo y el federalismo siguen vigentes como “ficciones orientadoras” sería incorrecto, aunque no tanto: es evidente que hubo ciertos contenidos en la retórica política tanto del gobierno como de las entidades agropecuarias que remitían a esos imaginarios fundantes. Las segundas, sin embargo, hicieron un uso moderado de la historia y procuraron posiciones de mayor neutralidad que limitaban las referencias al pasado o a la propia tradición institucional. Una vaga apelación al “interior” del país permitió evadir la equivalencia casi absoluta que existe –con razón- en las mentes argentinas entre Sociedad Rural, derecha económica y terrorismo de Estado. Tanto es así que Eduardo Buzzi, en los primeros días del conflicto, afirmó a Págin/12 que “no importa lo que haya hecho la SR en el pasado. Me importa el presente”. Esta equivalencia, que en algunos pasajes como el precedente debió ser justificada, fue previsiblemente utilizada hasta el cansando y con resultados dispares por los distintos voceros del gobierno, más o menos informales.

La apuesta fuerte del “campo”, en términos narrativos, fue la recomposición de la dualidad entre Buenos Aires y las provincias. La noción extendida es de simpatía hacia la “Argentina profunda”, incluso entre quienes no participan físicamente de ella: “Nos castigan a nosotros y empobrecemos a los pueblos del interior. Vamos por el camino del saqueo al interior”, afirmó Miguens en Entre Ríos el emblemático 24 de Marzo. En el mismo sentido fue Mario Llambías, de la CRA, el 10 de Julio: “¿Qué quieren los senadores que votan en contra? Que el país siga siendo un unicato”.

Por parte del gobierno, las confrontaciones tendieron a radicalizar los antagonismos. El referente directo fue la tradición política del peronismo, en su sentido amplio. De allí, los sectores oficialistas saquearon una fraseología y ciertas modulaciones del discurso político que identificaba inevitablemente al “campo” con los sectores dominantes económicamente: la “puta oligarquía”. Esta estrategia encuentra su forma más depurada en la lúcida elipsis que Cristina Kirchner operó frente a una modalidad de protesta asociada con los sectores más desprotegidos, prestigiada bajo el sentido de lo “popular”, que las entidades agropecuarias usufructuaron a fin de participar ellos también de la legitimidad de la medida de fuerza; los piquetes.

“Recuerdo esa Argentina de los años 2003, 2002, 2001; miles de argentinos en piquetes, cortando calles, rutas, porque les faltaba trabajo, porque hacía años que habían perdido su trabajo o, tal vez, en el 2001, porque se habían apropiado de los depósitos de pequeños ahorristas de la clase media. Eran los piquetes de la miseria y la tragedia de los argentinos. Este último fin de semana largo nos tocó ver la contracara, lo que yo denomino los piquetes de la abundancia, los piquetes de los sectores de mayor rentabilidad. La Argentina ha cambiado, se ha transformado de aquella tragedia a esto, que parece casi un paso de comedia” (Discurso de Cristina Kirchner, 25 de Marzo de 2008; las bastardillas son nuestras)

El 20 de Marzo de 2008, Chiche Duhalde  hizo declaraciones al diario La Nación que, intuitivamente, sintetizaban la estrategia retórica del kirchnerismo, aunque no con gesto vindicatorio: “A mi me da la sensación de que ellos [el gobierno] tienen un conflicto ideológico, se han quedado detenidos en un tiempo que no corresponde. Hablar de oligarquía ganadera es hablar de una cosa que ya pasó. Hay una mirada de ellos castigadora, un concepto muy antiguo de que son la oligarquía ganadera”.

Un concepto en disputa, por otra parte, fue el recontra clásico “pueblo”. En el acto masivo del 15 de Julio, en Palermo y a poco de realizarse la votación en el Congreso, Miguens entonó: “Olelé, olalá, si este no es el pueblo, el pueblo dónde está”. En el mismo acto, el envalentonado De Angelli afirmó con vehemencia que: “Nosotros somos la patria y acá la estamos representando”. La Nación, por su parte, tituló “La Plaza del Pueblo” a un párrafo que narraba el ingreso físico de la clase media porteña en el debate: “Allí, cacerolas, carteles y banderas argentinas se alzaron en repudio a la política del Gobierno en relación con el campo; también se escuchaba el himno nacional”.

Sin embargo, la condición popular no fue entendida unívocamente. El 16 de Julio, Mario Wainfeld anotó en el Página/12: “En Avenida del Libertador confluyeron los ruralistas y casi toda la oposición, incluidos los gremialistas de Barrionuevo, con vecinos de la ciudad, sobre todo de ese barrio”, en alusión a los sectores de mayor poder adquisitivo de la Capital Federal. Werner Pertot describió en los siguientes términos la base social de las entidades agropecuarias: “mujeres con cruces bien pesadas y hombres de escarapela en pecho vestidos como para un casamiento” (Página/12, 16 de Julio de 2008)

Estas disputas en la Argentina de la post-crisis del neoliberalismo actualizan las modulaciones del discurso político, en la medida en que construyen nuevas narraciones políticas que son nuevas y a la vez no lo son, que son deudoras del actual modelo de distribución social, económica y política, pues es aquel al que tratan de explicar, a la vez que son herederas también de las “ficciones orientadoras”, en donde encuentran necesariamente su genealogía primera. Estos procesos de recomposición retóricos son verdaderos procesos de modernización del imaginario social, cuyos efectos son más profundos que los meros debates explícitamente “políticos”: impactan en toda la sociedad, promoviendo modelos nuevos de anhelar, de consumir, de observar el mundo. Por supuesto, estas definiciones no son exactas; y sin embargo son reales en sus efectos prácticos: ordenan, jerarquizan, entregan expectativas y puntos de referencia; definiciónes de conjunto, reducciones y estereotipos son más que meros mecanismos de reducción, sino poderosos dispositivos de identificación.

Carta abierta. El peronismo en disputa

El caso de Luis D’Elía, dirigente de la Federación de Tierras y Vivienda (FTV-CTA), fue sin dudas un caso extremo de radicalización retórica. El 26 de Marzo dijo: “Somos inmundicia, escoria. Decía Sarmiento, ya en los albores de 1880, que no hay que ahorrar sangre de gauchos. Somos eso: la barbarie, lo que ustedes no quieren”. El 21 de Agosto publicó una Carta Abierta.

A mi juicio, es el documento más interesante que dejó el conflicto con el campo. Fundamentalmente, porque implica los bordes, los límites ideológicos, la frontera interna, del proyecto discursivo-político del kirchnerismo. Este proyecto se puede anotar como un complejo esquema de alianzas políticas e identificaciones emocionales, atravesados por dos líneas más o menos claras. Por un lado, la larga y estridente tradición del peronismo, pendulante entre referencias estatistas que recrean el imaginario del Wellfare State y una retórica setentista que recrea ciertas modulaciones épicas que el peronismo adquirió durante los ’60 y ’70. Por otro, cierta noción de “política limpia”, que el kirchnerismo completa con términos como transparencia, gestión, transversalidad, concertación. Este diccionario, esta batería de definiciones y estrategias, tiende a morigerar los efectos confrontativos o excesivamente beligerantes del “ala izquierda” del imaginario oficialista. El resultado, podemos decir, es una suerte de agenda transformadora y modernizadora cuya referencia antagónica directa es la década precedente, con un profundo contenido institucional.

Ambos discursos desnudan las complejidades del kirchnerismo, pues indudablemente son discursos en tensión: la tradición transformadora del peronismo y la tradición institucionalista-democrática a veces congenian y a veces colisionan o se contradicen, dando como expresión superficial el particular estilo de Néstor y Cristina Kirchner: tendencia al desprecio de la corrección política, medidas radicales tomadas sorpresivamente, que encuentran una cerrada oposición, algunos exabruptos. La forma en que más concretamente se expresan estas tensiones es en el diálogo con las fuerzas opositoras: el institucionalismo dicta la necesidad de recrear esas relaciones dialógicas que se visten de “debate de ideas”, “conciliación”; mientras que el peronismo se rehúsa a esas formas chic del consenso –y, a veces y con orgullo, directamente a hablar con la derecha- y, en cambio, tiende a los acuerdos de corte estrictamente político-corporativo. El conflicto por la 125 y el actual estado de agitación y difícil acuerdo con el radicalismo por la estatización de las AFJP son pruebas de ello.

D’Elía está en los límites de ese espectro ideológico: es su frontera interna. La Carta Abierta vuelve visibles esos límites. Esta característica habilita dos tipos de lectura: por un lado, la operación de actualización díscola del imaginario nacional y popular que D’Elía efectua es una mirada hacia tradiciones políticas de larga data, como mencionábamos al principio. Por otro lado, esa actualización enuncia los límites de la discursividad política del kirchnerismo, su fatal colisión interna. Es evidente que el documento busca romper parcialmente con el oficialismo (la forma en que termina la carta es reveladora y está destinada a operar ese cierre o a “advertir”) o, mejor dicho, busca reclamar su total “peronización”: inclinar la balanza a favor de los contenidos estatistas, transformadores y de izquierda; en contra de la retórica institucionalista. Ésta última es identificada como “progresismo blanco”, la corrección política heredada de los experimentos políticos del Frepaso y la Alianza, que constriñe las posibilidades del esquema de distribución política social y económica que el kirchnerismo insinúa:

“Recuerdo que, en general, estos tipos eran honestos, sin grandes convicciones, la mayoría de ellos con educación universitaria. Su estética, un tanto ‘escualida’; en general son flacos, blancos, siempre de corbata y de fuerte pertenencia cultural de corte pequeño-burguesa. Modestos administradores, enemigos de cualquier uso semántico que altere la sacrosanta moderación, muy lejos de los pobres, con buenos vínculos con los organismos de Derechos Humanos, lectores del Gabo, absolutamente eclécticos en economía (…) equilibristas expertos, se presentan siempre como alternativistas de centro-izquierda en fastuosas ‘ligas de caretones’, propensas siempre a los cierres por ‘arriba’ (…) Se niegan permanentemente a representar lo sectorial porque ellos, desde su lógica mediática, pretenden abarcar amplios universos a representar”

El peronismo, en cambio, para D’Elía es otra cosa: el exceso, la voluntad transformadora, la capacidad de horrorizar señoras, la deshonestidad, el gesto épico, el dramatismo, la angustia, la nostalgia, la conmoción; el mito, en suma. Con intuición, D’Elía obtura la capacidad de incidencia del “progresismo blanco”, como expresión política del mundo cultural de las clases medias urbanas, y de su derrota. Esa derrota es el discurso políticamente correcto como máxima rectora y jerarquizadora de la política: D’Elía, que es negro, dice “negro” y “puta oligarquía”.
Sandra Russo, en un artículo en Página/12 del Lunes 4 de Agosto, describe los dos efectos de la corrección política. Por un lado, un aspecto negativo, la corrección política “encubre” los intereses reales de los sectores más regresivos de la sociedad bajo una retórica light. Este aspecto es el menos importante, aunque por lo general es en donde se reduce equivocadamente el fenómeno; la “emoción progresista” que ejerce cierta presión sobre las formas del decir para “administrar más humanitariamente el poder”. Por otro lado, el aspecto positivo: la corrección política construye subjetividades. Russo lo dice de esta manera: “ser mejores, diferentes, más refinadas, más cultas, más ‘como uno’ que en materia de clase media es ‘como ellos’, los ricos”. D’Elía también percibe este aspecto, y es allí en donde quiere debatir: la capacidad del kirchnerismo de integrar a los sectores medios urbanos en un proyecto político transformador a través de la retórica institucionalista y mesurada; que por supuesto niega. En otra Carta Abierta, antecedente directo de la que estamos observando, afirma:

“Coincido con [Carlos “Chacho”] Álvarez en que no debemos entregar a la clase media a un proyecto conservador, sin embargo, el debate que propongo es si a esas clases medias (profesionales, chacareros, trabajadores formales, comerciantes, etc.) se las suma en estos tiempos, evitando hablar de la maniobra contraria a los intereses de las mayorías nacionales y populares, de los que esos sectores medios son objetivamente parte, aunque muchas veces se identifiquen con los sectores dominantes”

En este sentido, D’Elía construye la disyuntiva: nacionalismo popular revolucionario o “progresismo blanco permitido por el sistema”. En el “permitido por el sistema” se encuentra la denuncia de su pertenencia al kirchnerismo. El debate se proyecta hacia todo el espectro político argentino: con la derecha no se debate, se confronta. En cambio, al interior del peronismo del siglo XXI se busca agudizar las contradicciones con esa “otra discursividad”: la centralidad del progresismo, como experiencia narrativa y, por ende, como política de Estado. Es aquí donde se desnudan las pugnas ideológicas que atraviesa hoy la fracción hegemónica del peronismo, que oscila entre la mesura, la elegancia y la encendida retórica anti-oligárquica.

 

Rastros en la pólvora

C. E. Feiling habla de la “siniestra frase ‘X no es el verdadero peronismo’”, como el karma perpetuo de un movimiento en disputa. Esa conspicua y mágica capacidad de re-definición y re-creación del peronismo es atribuida a un “vacío en el corazón del movimiento político más importante del país. Se trata de un defecto ideológico, de una carencia de significados que debe ser cubierta una y otra vez por interpretaciones”. Indudablemente, Feiling había leído el Perón o Muerte de Sigal y Verón, cuya tesis es la necesidad furiosa del peronismo de interpretaciones nuevas. Sin embargo, creo que hay un pequeño defecto en el diagnóstico: si el peronismo es esa narración capaz de habilitar horizontes ideológicos distintos y a veces contradictorios no es por un vacío de significados, sino por un exceso, cierta sobredeterminación constante, una proliferación de sentidos. Un ejemplo de esto es el largo poema de Carlos Godoy, Escolástica Peronista Ilustrada.

 En 1961, John Willim Cooke escribe al General Perón, en el exilio: “Tan peronista resulta ser el Sr. Bramuglia como el que intransigentemente se ha negado a hacer concesiones, el que cree que ‘Dios, Patria, Hogar’ es el lema peronista, como el que sabe que esta democracia liberal burguesa, aun cuando funcionase, es un régimen caduco (…) Lo malo es que, por sumar aritméticamente, y buscar que nadie quede afuera, quedaremos todos a la intemperie, porque en cuanto necesitemos recurrir a nuestras masas, estallarán violentamente las posiciones contradictorias que solamente pueden ser sostenidas en abstracto: o antiimperialista y por la revolución o defensores de occidente y beneméritos de la Iglesia”. Y más adelante: “Los peronistas, en cambio, somos el peligro real y palpable, con una masa trabajadora bien esforzada y luchadora, y sin ninguna teoría de la revolución democrático-burguesa que les obstruya el cerebro. En cada no alienta la esperanza de tomar el poder, traer al Hombre, y quitarles la plata a los que la tienen. Este sencillo programa, con música de la marchita peronista y no de la Internacional, amenaza a las clases poseedoras y a sus instrumentos de poder”.

En Memorias del incendio, por otra parte, Eduardo Duhalde cuenta que un viejo militante de Lomas le dijo, el mismo año en que Feiling escribía su artículo, “creíamos que el Turco era el nieto de Facundo Quiroga y resultó ser el hijo de Rockefeller”.

La carta de Luis D’Elía es el último avatar del peronismo en disputa.