Me encantaría que gustes de mí
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Me encantaría que gustes de mí, de Dalia Rosetti, es uno de los primeros volúmenes de editorial Mansalva. Apareció en 2005, aunque sus textos son de 2002 y 2003. El libro incluye tres relatos: “Me encantaría que gustes de mí”, “Durazno reverdeciente” y “Alejandra”. La escritura de Rosetti (alias de Fernanda Laguna) se inscribe decididamente en una tradición aireana. Diálogos banales, quiebres abruptos de verosímil, humorismo fundado en la explosión de lo patético y el melodrama. Sin duda el mejor de los tres relatos es “Durazno reverdeciente”, una novela corta ambientada en el futuro que narra la historia de una profesora de literatura. No tiene nada de ciencia ficción (no hay hipótesis sociales ni reflexión sobre la ciencia y la tecnología). El futuro es una proyección del miedo a la soledad: la historia aparece como una bifurcación del primer texto (“Me encantaría que gustes de mí”), la mini-nouvelle de una joven que durante unas vacaciones en la playa busca frustradamente el amor y termina suicidándose. “Alejandra”, por último, es un breve relato epistolar. Hay una trayectoria experiencial común a los primeros dos textos (los más contundentes del libro). Un presente conflictivo, lleno de inseguridades, atravesado por la búsqueda de la felicidad, y luego, hacia el final, una caída que lleva a la redención. En “MEQGDM”, la joven se siente al fin feliz y satisfecha en medio del charco de su propia sangre. En “DR”, la aparición del amor hace que la profesora enloquezca y sea internada en un manicomio para finalmente ser rescatada por su amada. La búsqueda de la identidad sexual es el rasgo central de las tres narradoras. (“¿Estoy confundida? ¿Quién mierda soy? ¿heterosexual, bisexual o lesbiana?”) Pero en ninguno de los textos esa búsqueda es una exploración, ni interior ni con el lenguaje. Es apenas un grito, una declaración de la angustia, una búsqueda que se desarrolla en la acción, sin sutilezas, casi siempre en clave humorística y por momentos (los mejores) absurda. La escritura es ágil, liviana, con algunos buenos pasajes de prosa acumulativa y rítmica, envolvente (como sabe hacer otro escritor de la casa, Dani Umpi), pero con muy pocas agudezas. Lo mejor y lo peor de Rosetti es la franqueza de su voz. No aburre pero a veces satura. Es guaranga con aciertos aunque a veces se sale de registro. El diálogo banalizado (procedimiento deliberadamente antiliterario) esconde a pesar de su encanto cierta incapacidad para la síntesis, la contundencia y el subtexto. Es como dejarse llevar por la sensualidad de un tema de Miranda o la charla de dos señoras en una peluquería. El juego con lo autobiográfico –y con los géneros íntimos- es una clave para entrar a los textos. El diario en “DR” y la carta en “A”. También los paratextos: el seudónimo y la biografía poco confiable de la solapa. Dalia Rosetti-Fernanda Laguna (ahora lo sabemos, pero cuando se publicó no) construye el backgraound de sus narradoras con elementos cercanos a su experiencia (la profesora de literatura, la estudiante de artes, la lesbiana) y remite en algunos pasajes a sus amigos del campo literario: Cucurto, Aira, Casas, Rubio, María Moreno. Es un juego que precisamente manejan bien casi todos ellos: la ficcionalización del mundo literario, de la figura del escritor o del artista, el coqueteo (para fans y entendidos) entre lo que es verdadero y falso en ese registro autobiográfico. Literatura de la distensión y la procacidad (nunca se podrá decir que Rosetti es solemne o pretenciosa), pero también del atolondramiento (cucurtiano). Esto tiene sus méritos: le da a la acción vuelcos imaginativos inesperados, bruscos: delirios, por momentos, deliciosos. Pero siempre parece que la trama y la escritura podrían cuidarse más, ser menos arbitrarias o abrirse menos para ganar mayor contundencia. |