Literatos chinos
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1. Hace poco recibí un mail con una versión digital de la entrevista conjunta que les hizo el suplemento cultural ADN a un grupo de escritores jóvenes. Como era muy larga elegí una página cualquiera donde estaban las fotos de Terranova, Antonuccio y Cucurto. En un momento Terranova citaba a Hegel y decía algo así como "hay hombres que eligen no ser contemporáneos de su tiempo". Eso me hizo pensar que también hay conceptos que cada vez parecen menos contemporáneos de su tiempo, y me parece que la categoría de "intelectual", al menos en un sentido restringido, podría ser uno de esos conceptos. No es ninguna novedad que desde un punto de vista funcional, o funcionalista si se quiere, el origen de los intelectuales era religioso: como buenos sacerdotes secularizados, tenían al carisma como uno de sus principales caballitos de batalla. Sartre, el último "intelectual faro", fue una especie de estrella pop y hoy no lo lee casi nadie. Después hubo otros intentos: pienso en un documental muy simpático sobre Bourdieu que ví hace algunos años, pienso en Zizek (la película es mala), en la moda Foucault, bien ochentosa, en la moda Deleuze post 2001, que ahora decantó en los italianos y su "recuperación" de la biopolítica. Pero se trata de nombres que circulan más que nada por la academia y algunos grupitos de amigos de la facultad, sin posibilidad de conseguir lo que Edward Shils definía como la actividad capaz de consagrar a un intelectual en sentido amplio: proponer ideas (una palabrita complicada que deja afuera a unos cuantos) a un auditorio amplio de manera prolongada en el tiempo. Por eso muchos dicen que ahora sólo existen microesferas públicas diseminadas, con pocas zonas de contacto. Y si a eso le sumamos que por una razón u otra la serie política siempre termina desbordando al desdibujado campo intelectual vernáculo (pasó con las retenciones y el lock-out agrario) lo que tenemos es que la categoría de "intelectual", a la hora de aplicársela a algunos de los figurones mediáticos o universitarios que más circulación pública tienen, es una categoría zombie. 2. La gente entra a la universidad para maximizar sus ventajas sobre los que no pueden llegar a anotarse. Juan Carlos Portantiero (RIP), traductor de Gramsci al castellano y ex intelectual orgánico del alfonsinismo, dijo que a partir de su masificación las universidades funcionaban como playas de estacionamiento para jóvenes sobrecalificados que no pueden ser absorbidos por el mercado 3. Todo esto no significa que la categoría de "intelectual" no siga siendo performativa y que no exista toda una tradición heurística muy rica para pensar a los intelectuales. Digo, todo el tiempo escucho gente que dice "no te hagas el intelectual", las reformas neoliberales de los noventa fueron llevadas a cabo por intelectuales, Chiche Gelblung es un flor de intelectual y Horacio Rodríguez Larreta también. Lo que parece difícil de recuperar es la figura del intelectual en tanto contrapoder crítico vinculado orgánicamente a los sectores desfavorecidos, o en tanto personaje autónomo capaz de impugnar al poder en nombre de y frente a la sociedad. No sé si eso es bueno o malo. Se me ocurre que desde hace tiempo hay una "bloguerización" del campo intelectual: feudos cada vez más chiquitos, con públicos híper restringidos pero organizados de acuerdo a una estricta jerarquía basada en el carisma o la capacidad de repartir dádivas, con cada vez menos voluntad de intervención política. Como si se hubieran cansado hasta de discutir, y lo que subsiste fuesen los rencores personales de setentistas fracasados o el academicismo bobo de los "jóvenes serios". Es entre esas dos posiciones que tal vez exista un espacio, pero hay que generarlo. 4. Cuando releo el epílogo de Las Reglas del Arte todavía me emociona un poco el llamado de Bourdieu a "un corporativismo de lo universal" entre los intelectuales. Me emociona porque ese tipo de reclamos son una ruina, igual que las deslucidas intervenciones de los "intelectuales" argentinos en el "affaire del Barco", que por su parte tuvo una trascendencia pública muy limitada. Sin embargo, me parece que ese artículo de Bourdieu condensa, de manera un poco profética, muchas de las tensiones del presente. Por un lado su propuesta de que se forme una asociación de los intelectuales capaz de defender la propiedad de los “productores culturales” sobre sus instrumentos de producción y de circulación (se sabe: lo político de un texto descansa menos en sus rasgos formales que en sus modos de circulación y apropiación social). No digo que su idea de una "internacional" no sea un poco naif, sino que el asunto de la propiedad de los instrumentos me parece fundamental más allá de que a Horacio González o a Ferrer no les gusten los blogs. Por otro, los lamentos de Bourdieu ante la inutilidad de pensar lo que pasa en términos de campo de producción restringida y el campo de producción orientado al gran público, es decir, ante el fin de la autonomía, que siempre es relativa pero algunas veces es menos autónoma que otras. 5. En un sentido pragmático, los intelectuales del presente son los planificadores de marketing. Aunque cobran más, las encuestadoras y los publicistas son sus lacayos. Los cráneos del marketing definen la estrategia tanto de una marca de tampones como de un suplemento cultural que después viene a funcionar como un supuesto intelectual colectivo o de un candidato político. Si las editoriales grandes no los contratan es porque no les da el presupuesto. Son los únicos que además de leer las dos ideas que Bauman repite todo el tiempo las aplican en algo que repercute en el tejido social de manera directa. La personalidad y el discurso de las marcas son relatos colectivos. En la entrevista que Sonia Budassi le hizo en el MALBA, Fogwill dijo que él iba captando las inflexiones del habla cotidiana gracias a los cientos de focus que escuchaba en todo el país. 6. Antes de terminar vamos un poco con los escritores. En su estudio sobre las publicaciones semanales de principios de siglo, Sarlo analizaba por un lado la ampliación del público lector que implicaban estas revistas con tiradas de hasta 300.000 ejemplares semanales y por otro el nuevo tipo de escritor profesional que se estaba configurando. Hoy el panorama es bien distinto: en el caso de la narrativa, no es novedad que todo el mundo escribe y quiere publicar y nadie quiere leer. La sobreproducción desborda la capacidad de asimilación de un público cada vez más restringido. En realidad esto convive con una ampliación cuantitativa de los lectores y de lo que se publica, pero las tiradas son cada vez menores y lo que pasa es que se desarrollan nuevos modos de leer, cada vez más extensivos, hipervinculares, dispersos. Esto lleva a los escritores hacia un notable proceso de desprofesionalización. En uno de sus libritos póstumos Bolaño decía que estaba un poco asqueado porque los escritores de hoy solamente buscan premios y respeto. Dos o tres líneas más abajo revindicaba a Piglia y a Alan Pauls. En fin, yo me quedo con Ricky Espinosa. La cuestión es que para mí Bolaño se equivocaba, porque,sinceramente, hoy nadie respeta a los escritores y morir de hambre a la espera de un premio milagroso es una verdadera estupidez. La gente que escribe, por lo menos la mayoría de los que conozco, lo hace porque le gusta, porque en un punto lo necesita para vivir.Es cierto que todo el mundo está ansioso por publicar o resentido cuando no lo convocan, digamos, a la antología X o a la colección Y. Somos humanos. Pero eso va a pasar muy pronto. En realidad todo va a pasar muy pronto, y pensar lo que uno hace en términos de "mi obra" o la posteridad, en un contexto como el presente, me parece un poco anacrónico. 7. La oposición entre "escritores para el mercado" y "escritores artistas o escritores para el lenguaje" (la vieja antinomia écrivains/écrivants en otras palabras) me parece muy banal, reaccionaria. Todos escriben para el mercado: por más que cada lector sea un mercado el funcionamiento de los textos siempre es social. Criticar a Bizzio por su falta de compromiso con los personajes o a Martínez porque vende mucho es una pavada. Prefiero pensar en tipos de escritores, y abordar a los textos por separado, sin encasillar. Todos escriben cosas mejores y peores, y las grandes obras siempre están por venir y siempre dependen del lugar desde dónde se las lea (la historia del campo y las tradiciones, el oficio bien llevado para que le guste a mi mamá, la coyuntura política, el entretenimiento, etc.). Hay algunos escritores que se creen defensores de la vanguardia y producen una obra sosa y aburrida a la que llaman "mi proyecto", y otros que a pesar de tener ese mismo discurso escriben novelas "maravillosas". A mi me parece que esa cosa modernista de la invención de procedimientos está súper agotada; si hay que subirse a ese caballo me siento mucho más cerca de la generación "estética relacional", Bourriaud y todo eso, que también es bastante flan. Hay escritores que escriben para el mercado español, o buscando los temas de moda, y aunque los abordan con fórmulas estereotipadas algunos dicen que ellos también cumplen su misión en la captación de públicos. También están los que se enorgullecen del "oficio", los artesanos, que se autodefinen como "laburantes" de la escritura. En general esos me caen bien, aunque cuando exageran el pathos sufrido del pequebú sensible me enferman un poco. Están los escritores de taller literario. Los bloggers. Los que están demasiado seguros de ser artistas. Por desgracia parece que los petardistas estilo Asís ya fueron, y los extraño, o en realidad siento nostalgia de una época que no viví. Ahora la marca generacional pasaría por querer ser estrella de rock en bandas de garage: el tipo de carisma de los rockeros es mucho más productivo, libidinalmente hablando, que el de la gente de letras. A mí me parece genial que la literatura se abra a prácticas más festivas y ligadas a la performance, donde el hecho "artístico" pasaría también por la construcción de sociabilidad (aunque por el momento no haya visto demasiado intersticio social y sí mucho espectáculo pasivizante). Fui a lecturas malas y a otras que me parecieron geniales, a veces organizadas por la misma gente. También me interesan los escritores que se autogestionan como editores o forman blogs colectivos (como los de la benemérita Editorial Tamarisco, de la que formo parte, o como la Funesiana, que la rompe). Signos de una "cualquierización" (el concepto es de Ana Mazzoni y Damián Selci) que yo celebro, por lo menos hasta que se discutan en serio la circulación y demás efectos políticos de los textos.
Lamentablemente, por propias negativas del autor, no contamos con datos bio-bibliográficos de Hernán Vanoli. Estas líneas están escritas en base a la poca información que pudimos extraer del Google. Se sabe que nació en 1980 en La Paternal. Es sociólogo y escritor. Ha publicado cuentos pedorros en antologías pedorras, pero sus hitos intelectuales más importantes son otros: ganar un concurso literario de sopas y pegarle a Daniel Link en el C. C. Ricardo Rojas tras haber asistido al estreno de El amor en los tiempos del dengue. Dirige la editorial independiente Tamarisco. Cuando se emborracha, confiesa que le hubiese gustado ser Rodolfo Walsh
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